La voz no es solo un medio de comunicación, es un rasgo único que nos identifica, tan personal como la huella digital o el iris. Transformarla en un dato que pueda ser recopilado y almacenado aun cuando se trate de una réplica implica riesgos que no podemos subestimar. La inteligencia artificial ha demostrado un poder impresionante para clonar voces con fidelidad casi perfecta, pero ese mismo potencial plantea vulneraciones que pueden afectar la intimidad, la seguridad y la confianza de los ciudadanos. Fraudes financieros, suplantación de identidad, manipulación de mensajes y pérdida de control sobre la propia identidad digital son escenarios que ya no pertenecen a la ciencia ficción.
Sobre esto escribo hoy en El Sol del Centro.