La opacidad sólo alimenta la sospecha, y la sospecha erosiona la legitimidad de cualquier política pública, por buena que sea.
En México, los fideicomisos y fondos públicos han sido, durante décadas, un terreno ambiguo. Nacieron con el propósito de hacer más eficiente el uso de los recursos y dar continuidad a proyectos de largo plazo. Sin embargo, su complejidad técnica y la falta de transparencia en su operación los convirtieron en sinónimo de discrecionalidad. No es un asunto exclusivo de un sexenio: todos, en mayor o menor medida, han tenido algo que ver con el tema.
De esto escribo hoy en El Heraldo.