La tecnología puede ser una herramienta poderosa para el aprendizaje y la innovación, pero cuando se utiliza sin ética, se transforma en un arma capaz de dañar y humillar.
La reciente denuncia de más de 400 alumnas de secundaria en Zacatecas, quienes fueron víctimas de la alteración de sus fotografías mediante inteligencia artificial (IA) para convertirlas en material pornográfico, es un hecho tan indignante como alarmante. No se trata de un caso aislado ni de una travesura, es claramente una forma de violencia digital que vulnera derechos fundamentales como la privacidad, la dignidad y la integridad de las niñas y adolescentes.
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