En democracia, el árbitro debe cuidar la cancha, hacer cumplir las reglas y sancionar a quien las viole. No decidir qué pueden decir quienes juegan, ni mucho menos qué podemos escuchar quienes estamos mirando.
¿Hasta dónde debe llegar el INE? Esa es la pregunta de mi columna hoy en el El Heraldo de México