Tarde o temprano, la verdad alcanza a quienes intentan esconderla. Y cuando se trata de servidores públicos, esas verdades no solo tienen un peso ético, sino también legal.
Una y otra vez hemos visto cómo personajes que aseguran no tener bienes ni propiedades terminan mostrando un estilo de vida de lujo: habitan mansiones, utilizan vehículos costosos y realizan constantes viajes, mientras, oficialmente, dicen no tener nada.
Nada tiene de malo formar un patrimonio. Al contrario: es legítimo y deseable que, fruto del trabajo y el esfuerzo, una persona pueda mejorar su calidad de vida. Pero cuando se elige ocultar esa realidad en la declaración patrimonial, lo que se evidencia no es prosperidad, sino incongruencia.
Sobre esto mi colaboración en Periódico Mirador.